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| Así ha inhabilitado Yagi sexualmente a sus guerreras. |
Con el diagnóstico de locura, demencia, no quiero decir que Yagi tiene manías extrañas, como chupar cristal de bohemia, usar babuchas con kimono ni nada parecido; no es un personaje extravagante, chirriante ni escandaloso. Si fuéramos por la calle, nos lo topásemos y, por casualidad, nos enterásemos de quién es, pensaríamos que es el hombre japonés de negocios, de bajo rango, con cosas intrascendentes girando en su cabeza: lápices, grapadoras, papeles, fideos... nos llevaríamos una sorpresa al descubrir que Yagi emplea un buen rato en dibujar con mucha práctica mujeres con traje y espada, diseñando monstruos asquerosos y manteniendo un orden en ese mundo que ha creado y al que ha dotado de una salida que ya no vemos muy clara.
Por qué digo esto, por que Yagi mantiene con rigor sus planes aún cuando la gente se enfada si lo hace. No le importa mucho el público, y curiosamente, su rigidez a la hora de seguir con el plan al pie de la letra parece caprichosa, malvada; pareciera que el autor es inasequible a las cifras que atormentan a los autores de manga, que viven presos de los lectores y mueven sus historias según ellos quieren.
Esto le ha dado méritos, claro: Claymore lleva ciento treinta capítulos (a uno por mes, ciento treinta meses, ni más ni menos) desarrollándose en un espacio minúsculo, con los mínimos personajes, con las mismas tramas, casi sin misterio y habiendo dado cuerda a sus fans una sola vez vez: cuando les dijo que la acción transcurría en una isla, y que las vidas de sus protagonistas eran un experimento llevado a cabo por la organización. A nadie se le había ocurrido pensar que eso era posible, por que la historia había estado tan recogida en sí misma, de forma tan simple, tan bien hecha, que no parecía que formular la dimensión del mundo en que se desarrollaba fuera tan grande. Para dar sentido a su conspiración, Yagi volvió atrás, recogiendo ideas para darle coherencia al relato, explicando la extraordinaria naturaleza de las claymore (las espadas). Hasta ese punto Yagi mantiene a los lectores enfrascados mes a mes. Algo escaso en el mundo del manga.
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| La mala: al autor le gusta presentar
la acción a cámara lenta. Le sale bien.
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Hay miles, decenas de miles de personas en el mundo, que siguen Claymore solo para saber si las protagonistas salen de la isla. Más de sesenta meses esperando, y apenas se ha avanzado algo en la trama.
Preguntaréis: ¿lento? Ni en broma. Por que en la estructura interior de la obra, todos los protagonistas están peleando ahora. Eso sí, el avance general es casi nulo.
Yagi es así: lo tomas o lo dejas, cada mes Claymore, ahora un ciempiés, alarga un poco la patita y avanza por la hoja del árbol, que es la isla, para acercarse al continente que es el tronco del árbol. Ese simple hecho de justificar elementos como las claymore, explicar la naturaleza de las guerreras y tener buen gusto para delinear personajes, es tan simple, tan básico, tan obvio, pero aun así apenas tenemos ejemplares en Japón que atesoren esas capacidades.
Claymore es, si lo comparamos con la inteligencia que podemos encontrar normalmente en un manga, entretenimiento de buen gusto, por que disfrutarlo de verdad implica cierta confianza con el autor, el entendimiento del rumbo que lleva la historia.
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| Cuando no sobrecarga el coloreado, el resultado es maravilloso. |
Llegados a este punto, si Yagi sigue tan paciente y constante como hasta ahora, podemos estar seguros de que Claymore seguirá, al menos, por algunos años. Tan solo, con que conserve su temple, puede convertirse en una obra capital dentro del universo manga.



